viernes, 6 de julio de 2007

Importancia de la lógica

“Pese a todo, algunas personas logran convencerse a sí mismas —con cierto aire de suficiencia— de que, en propiedad, no puede considerarse que los juicios normativos (es decir, valorativos) tengan que ser o verdaderos o falsos. Su opinión es que un juicio de este tipo no remite a ningún hecho fáctico; es decir, a un hecho que podría ser correcto o incorrecto. Más bien consideran que tales juicios sólo expresan sentimientos y actitudes personales que, en sentido estricto, no son verdaderos ni falsos. De acuerdo. Supongamos que damos este razonamiento por bueno. No obstante, queda claro que aceptar o rechazar un juicio de valor debe depender de otros juicios que, a su vez, son totalmente no normativos; es decir, de afirmaciones sobre hechos. De ahí que, razonablemente, no podemos juzgar por nosotros mismos que una determinada persona actúa mal desde un punto de vista moral si no disponemos de afirmaciones sobre hechos que describan ejemplos de su conducta que parezcan ofrecer pruebas concretas de carencia moral. Además, tales afirmaciones sobre hechos relativos al comportamiento de esta persona deben ser verdaderas, y el razonamiento mediante el cual derivamos nuestro juicio de valor sobre los citados hechos debe ser válido. De otro modo, ni las afirmaciones ni el razonamiento contribuyen a justificar la conclusión. No servirán para demostrar que la valoración fundamentada en ellos es razonable. De ello se deduce que la distinción entre lo verdadero y lo falso sigue siendo absolutamente pertinente a la hora de valorar los juicios de valor o normativos, aun cuando acordemos que la distinción entre verdadero y falso no tiene una aplicación directa a estos juicios en sí mismos. Podemos admitir, si nos parece oportuno, que las valoraciones que hacemos no son verdaderas ni falsas. Sin embargo, no podemos admitir una caracterización similar de las afirmaciones sobre hechos, o del razonamiento, mediante los cuales debemos intentar sustentar estas valoraciones."
Este párrafo de Harry G. Frankfurt ("Sobre la verdad", Paidós, 2007) es de una utilidad manifiesta. No sólo porque subraye el valor de la verdad en la política, sino porque introduce una exigencia en los juicios de valor que la cansina y atorrante opinión pública desprecia por sistema escudándose en la libertad (y legitimidad) presuntas de las opiniones. Por supuesto: al fondo de cada juicio (ni verdadero ni falso) hay un hecho que sí lo es. O no. Y que conviene, por tanto, elucidar.
Lo que dice el tal Frankfurt es muy afilado. Creo que, aun sin saber lógica, se ve más claro con el esquema argumental.
(M es P)
(S es M)
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(S es P)

Todos los juicios morales se pueden reducir a este esquema. Ejemplo:
Asesinar es malo
Disparar en la nuca es asesinar
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Disparar en la nuca es malo

El proceso verificativo tiene tres niveles.
La primera premisa es axiomática. Es verdadera-falsa por definición (Wittgenstein diría que es un fundamento). La segunda premisa es empírica. Es verdadera-falsa por contraste con la realidad. La conclusión es lógica. Es verdadera-falsa por necesidad.(Un argumento lógico es aquél que siendo verdaderas las premisas, es *necesariamente* verdadera su conclusión)
Visto así, se puede entender el funcionamiento de las valoraciones morales: la subsunción. La primera premisa es una valoración general, la segunda premisa es el hecho que subsumimos en la valoración general, la conclusión es la valoración concreta de la acción subsumida.
Por eso en los tres elementos del silogismo se puede constatar la verdad: la primera se admite, la segunda se comprueba y la conclusión se calcula.
Así, no se puede admitir este flaqueo: "...aun cuando acordemos que la distinción entre verdadero y falso no tiene una aplicación directa a estos juicios en sí mismos. Podemos admitir, si nos parece oportuno, que las valoraciones que hacemos no son verdaderas ni falsas."
Las valoraciones pueden ser falsas o verdaderas, incluso la valoración concreta (la conclusión), que no solamente puede ser verdadera sino que en los argumentos correctos con premisas verdaderas es *necesariamente* verdadera. Tan verdadera que es indiscutible. Lo discutible son los criterios verificativos para las premisas. Por ejemplo, que alguien nos dice que asesinar no es malo, muy fácil, le matamos para beneficio de su ego racional; que discute que disparar en la nuca no es asesinar, perfecto, objetivamente nos limitamos a hacerle una perforación de cerebro con un tiro pero sin asesinarle. Por falta de palabras, que no sea.
Coda: Sean cuales fueren los beneficios y las recompensas que a veces puedan obtenerse mediante la manipulación de la verdad, la ocultación o la mendacidad descarada, las sociedades no pueden permitirse tolerar a nadie ni nada que alimente una indiferencia displicente entre la distinción entre verdadero y falso. Mucho menos puede consentir la gastada y narcisista pretensión según la cual ser fiel a los hechos es menos importante que «que ser fiel a uno mismo». Si hay una actitud intrínsecamente antitética a una vida social decente y ordenada, es ésta.